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Nuevo artículo en el periódico el Huffington Post: “¿Por qué no sabemos hablar y escuchar de verdad a los demás?”

escuchar

La mayoría de nosotros participamos en decenas de conversaciones al día, con compañeros de trabajo, familia, amigos, nuestra pareja… Pero la mayor parte del tiempo no escuchamos con verdadera atención, no estamos en cuerpo y alma para la otra persona. Nuestra mente se queda vagando, distraída con otros temas que nos interesan y nos conciernen más, preparando nuestra réplica inmediata, deseando que nos llegue el turno de participación para contar nuestras cosas o realizar nuestro brillante discurso. Así, perdemos la ocasión de establecer un verdadero vínculo con el otro, comprender lo que la otra persona realmente está comunicando y crear una atmósfera de confianza.

Vivimos rodeados de gente pero con un gran sentimiento de soledad interno, a menudo agravado por el hecho de que no contamos con la oportunidad de hablar desde el interior, de abrirnos a expresar nuestro dolor y lo que nos está pesando, de vaciar el corazón con alguien a quien verdaderamente le importe y quiera escucharnos con atención.

Por eso, la práctica de la escucha profunda es un acto de compasión que podemos ejercitar regularmente. Escuchar sin interrumpir, sin saltar a dar consejos no demandados, animando a que la persona se desahogue sin tratar de corregirla puede disminuir sus lastres y aflicciones.

Escuchar sin juicio puede ser un bálsamo curativo que deberíamos ofrecer más a menudo.
También nuestra palabra puede crear puentes que nos unen o quemar acueductos y separarnos de los demás. Tenemos el derecho y la responsabilidad de hablar nuestra verdad (con la consciencia de que no se trata de la verdad absoluta), de expresar lo que sentimos, las penas e incluso los anhelos, pero no de utilizar la comunicación como flecha de juicio, culpabilidad, amargura, queja y ofensa. La dureza y la acritud levantan barreras, infunden suspicacias, crean enemigos inexistentes y oposiciones absurdas.

No sé en qué momento de nuestro camino erramos y empezamos a creer que la palabra era un arma a blandir y un instrumento de agresión para alzarnos sobre el otro con soberbia, para vencer verbalmente batallas imaginarias. En todo caso, si deseamos ser más felices, vivir con mayor serenidad y crear más dicha a nuestro alrededor, tendremos que modificar nuestra manera de escuchar y hablar. El mundo necesita más puentes y menos armas, físicas y verbales.

Autora del artículo: Mónica Esgueva

Fuente: Periódico El Huffington Post

Sobre Mónica Esgueva

Mónica Esgueva
Mónica Esgueva es economista y trabaja como Coach profesional Madrid y por skype y es experta en Mindfulness. Es además la autora de... "MINDFULNESS". (Planeta) 2016. "10 Claves Para Alcanzar Tus Sueños" ed. Oniro (Planeta).. 2015 "Mensajes para el alma" ed. Zenith (Planeta). 2014, "Los 3 pilares de la felicidad (Estrategias para hacer de tu mente tu mejor aliada)" ed. Oniro (Planeta). 2013, “Cuando Sea Feliz”, ed. Urano (en España y en Latinoamérica). 2011 y "Donde pueda rozar tu corazón" ed. Luciérnaga (Planeta). 2012. Sigueme en Google+

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2 comentarios

  1. Siempre tan sagaz, tan oportuna, Que chica más maja

  2. Es totalmente real lo que dices acerca de escuchar, nos cuesta mucho escuchar y la mayor de las veces discutimos para “ganar” las discusiones. Me pasa, lucho con ello.
    Pero creo haber aprendido algo, con nuestro recorrido por la vida vamos construyendo conceptos propios y queremos que estos sean irreductibles, fuertes, que no den lugar a duda, cuando esto sucede caemos en la repetición de la siguiente costumbre: Si leemos un texto que nos propone una serie de opiniones, tomaremos aquellas que afirman nuestro conocimiento previo y dejaremos de lado aquellas que pueden hacernos dudar de nuestro esquema de conocimientos afirmados.
    Comparto un texto de Bertrand Russell de 1916

    El ser humano teme al pensamiento más de lo que teme a cualquier otra cosa del mundo; más que la ruina, incluso más que la muerte.
    El pensamiento es subversivo y revolucionario, destructivo y terrible. El pensamiento es despiadado con los privilegios, las instituciones establecidas y las costumbres cómodas; el pensamiento es anárquico y fuera de la ley, indiferente a la autoridad, descuidado con la sabiduría del pasado.
    Pero si el pensamiento ha de ser posesión de muchos, no el privilegio de unos cuantos, tenemos que habérnoslas con el miedo. Es el miedo el que detiene al ser humano, miedo de que sus creencias entrañables no vayan a resultar ilusiones, miedo de que las instituciones con las que vive no vayan a resultar dañinas, miedo de que ellos mismos no vayan a resultar menos dignos de respeto de lo que habían supuesto.
    ¿Va a pensar libremente el trabajador sobre la propiedad? Entonces, ¿qué será de nosotros, los ricos? ¿Van a pensar libremente los muchachos y las muchachas jóvenes sobre el sexo? Entonces, ¿qué será de la moralidad? ¿Van a pensar libremente los soldados sobre la guerra? Entonces, ¿qué será de la disciplina militar?
    ¡Fuera el pensamiento!
    ¡Volvamos a los fantasmas del prejuicio, no vayan a estar la propiedad, la moral y la guerra en peligro!
    Es mejor que los seres humanos sean estúpidos, amorfos y tiránicos, antes de que sus pensamientos sean libres. Puesto que si sus pensamientos fueran libres, seguramente no pensarían como nosotros. Y este desastre debe evitarse a toda costa.
    Así arguyen los enemigos del pensamiento en las profundidades inconscientes de sus almas. Y así actúan en las iglesias, escuelas y universidades.
    Bertrand Russell: «Principios de Reconstrucción Social». Londres (1916)

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